Ritos de paso

Como especie social, los humanos celebramos desde muy antiguo ciertos pasos, o tránsitos, de la vida de las personas. Se celebra el nacimiento, como llegada de un nuevo miembro que es motivo de regocijo para la familia y los allegados. En muchos casos hay un rito de paso del niño pequeño al niño algo mayor, uno al que se le empiezan a hacer caso en sus preguntas. Posteriormente, la madurez sexual que llega con la pubertad es celebrada en muchas culturas como parte de un ingreso de un ciudadano de todo derecho. La creación de una pareja, otro tanto. Y luego cada hijo que llega. Y, por supuesto, el deceso, la pérdida del ser querido y la memoria que se le guarda entre sus cercanos.

Con diferencias muy grandes, poniendo más o menos énfasis en unos pasos o en otros, adecuándolos a las creencias religiosas (o no), tenemos un amplio repertorio de celebraciones. Antropólogos como Marvin Harris solían hacer notar que estas celebraciones no son simplemente fiestas para la persona que está en esos tránsitos, sino que suponen un reconocimiento por parte de toda la comunidad de los cambios, una experiencia social por lo tanto. “Ritos de paso”, los bautizó hace casi un siglo Van Gennep.

El pasado domingo, en Igualada (y se plantea también en otros ayuntamientos catalanes) se celebró una ceremonia que ha sido denominada “bautismo civil” por los medios de comunicación, aunque ellos lo llamaron “Acto de Bienvenida a la Comunidad”. Un rito de paso con todas las de la ley… Por supuesto, el hecho ha generado cierta controversia, y podemos leer (ABC) que algunos sectores, como la Iglesia Católica, han recibido el tema con declarada hostilidad. El Arzobispo de Toledo, Antonio Cañizares, sentencia:«el bautismo civil es una estupidez». El PP también ha tonteado (esto es, ironizado diciendo tonterías) al respecto, como suele pasar cada vez que los obispos dicen algo tonto. Quizá sólo porque estos sectores del integrismo católico se oponen, cabe pensar que estamos ante una idea interesante… (¿se nota la ironía?)

Personalmente, entendiendo el valor antropológico y social de los ritos de paso, me siento bastante aparte de ellos. No es por nada: en cierto modo la vida de cada uno es algo que, creo, no necesariamente precisa de rituales de aceptación, de despedida, o de saludo por parte de los demás. Sin embargo, nada malo hay, en principio, en ellos. Y entiendo perfectamente que en una sociedad que busca puntos de anclaje laicos, libres de la monopolización religiosa, se instauren versiones como la que nos ocupa. Desde hace muchos años el matrimonio “civil” coexiste con el rito de paso de diferentes confesiones y, de hecho, el Estado sólo reconoce ese matrimonio como algo que deba regular y estipular. Ahora, con la llegada del matrimonio homosexual a ese rito de paso legal, se va completando la esfera laica. Desde hace unos años, aunque tímidamente, los actos de despedida de un familiar muerto también han visto ese proceso. Aunque sigue siendo casi un total monopolio católico (y basta con pasarse por un tanatorio para ver hasta qué grado ominoso para el no creyente), lo cierto es que la situación va cambiando.

Un caso especial ha sido la incorporación de “comuniones civiles” (perdón por el palabro que, como en el caso de los bautismos, resulta terriblemente poco adecuado). Ciertamente, en este país y en otros del orbe católicorromano, las comuniones dejaron de ser hace mucho un acto simplemente religioso (¿lo fueron alguna vez realmente?), y por ello no es raro que algunas familias quieran celebrar algo similar sin pasar por la vicaría. Principalmente porque el niño, o la niña, son conscientes de que sus compañeros recibirán regalos y fiestorra, y ellos podrían quedarse sin ello. Y porque las familias, claro, no van a ser menos que los demás etcétera etcétera. Cuando el rito de paso se mezcla con los factores socioeconómicos, ya la tenemos liada. Así que no es raro que lo tengamos, digo, ese rito de paso. En muchas sociedades (nacidas al amparo de la reforma protestante) se incorporaron hace siglos ritos de paso relacionados con la llegada de un nuevo adulto (como esas “puestas de largo”, “graduaciones” y demás cosas que el cine y la TV estadounidenses han popularizado por todo el mundo) con marcado carácter laico.

En fin, que uno puede pensar en un recorrido muy amplio por los ritos de paso y ver que, con cierta lógica, el repertorio actual permite variaciones conforme a la misma sociedad permite la coexistencia de lo ultrarreligioso con lo laico. Algunos estados han incorporado reglamentaciones para celebrar bajo su amparo algunos de estos actos (por ejemplo, esas bienvenidas a la comunidad son algo relativamente común en la laica Francia). Desde hace años, entidades que promueven en diferentes países el ateísmo (o lo que suelen llamar “humanismo laico”) han planteado la conveniencia de normalizar estos ritos de paso en su vertiente laica. Por ejemplo, el Consejo de Humanismo Laico, que publica la revista “Free Inquiry”, incluye entre sus actividades:

Serving the Needs of Non-Religious People
The Council gives practical support and services to non-religious people. It runs courses and summer camps that educate children in critical thinking and ethical values. For rites of passage, such as marriage and death, it provides dignified non-religious celebrations and memorials. And it runs a national support network for secular families and parents.

¿Una estupidez? El cemento social que hemos creado los humanos es precisamente un cúmulo de convenciones, ritos y demás cosas que podrían ser considerados siempre “estupideces”: celebrar la “navidad” con su iconografía de abetos, nieve, lares y ropas de abrigo en el hemisferio sur ¿no es intrínsecamente estúpido?. El que libremos los domingos, pero no los viernes o los sábados, ¿no es en el fondo una estupidez heredada de un calendario católico? Los calendarios de fiestas, así como los ritos de paso, son simplemente muestras de que vivimos en sociedad. El que quiera celebrarlos, como quiera hacerlo, que lo haga. Sin que tenga que venir un obispo a dictaminar lo que vale o lo que no, qué carajo.

Servidor celebra hoy su personal tránsito a los 42 añitos de presencia por el mundo. De hacer algo, sin duda, será laico. Y, muy probablemente, gastronómico. Pero eso es otra historia, claro…

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