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El encapuchado abuso Por Javier Marías El País Semanal nº 1388 . Domingo 4 de mayo de 2003
La capital de un Estado ha sido ocupada por una sola Iglesia El pasado Jueves Santo, hacia las seis de la tarde, vi desde mis balcones en el Madrid de los Austrias, donde alquilo un estudio, cómo varias calles eran cortadas y empezaban a agolparse en ellas católicos impacientes. Había quedado a cenar a las nueve y media en un restaurante cercano, de la Cava Baja. Pensé que para entonces la procesión de turno habría acabado y que podría llegar allí a pie, en menos de diez minutos. Pero cuando salí a las nueve y cuarto, el aquelarre estaba aun en su apogeo. De hecho, abrí el portal y me encontré bloqueado por los desconsiderados devotos que se apoyaban en él y que no hicieron el menor ademán de apartarse un poco para permitirme el paso. A duras penas y semiasfixiado, alcancé un callejón por el que confié en acortar el trayecto (estos fervoro-sos son exhibicionistas y sólo desfilan por las principales vías). Pero la calle de Segovia, que debía cruzar, se hallaba también invadida por las hordas procesionales, así que hube de dar un rodeo para poder pasar a la acera adecuada por un punto menos abarrotado. Y entonces, hasta llegar a la bocacalle buscada (la misma Cava Baja), no me quedó más remedio que caminar un trecho en la misma dirección que los fieles, a su paso de tortuga y atrapado y aplastado por ellos. Es decir: durante unos cinco o siete minutos me tuve que insertar en la procesión, mientras miraba con ansia la bocacalle salvadora, tan cercana y tan lejana. "Hostia", pensé (quizá nunca tan adecuadamente), "como me vea ahora alguien conocido, me va a tomar por feligrés ferviente y seré el hazmerreír del gremio, y aun el del barrio". De hecho había quedado con mi colega Pérez-Reverte, al que hacia siglos que no veía, y rogué al Purgatorio -la verdad, no iba a rogarle al Cielo en ese día- que él estuviera ya en la mesa, esperándome. A la noche siguiente tenía otra cena, en la lejana casa de unos amigos, sólo a tiro de taxi. Todo cortado de nuevo cuando salí, la calle más cercana otra vez rebosante de los ku-klux-klanes patrios y de su fanática e insaciable tropa. Preví que habría de caminar buen trecho hasta dar con una zona libre de capirotes y por lo tanto con coches. Y como no estaba dispuesto a volver a yerme encajonado por la grey civil (en teoría: muchos se consideran legionarios), decidí avanzar rápido por la calzada antes de su llegada en masa, es decir, me metí entre las filas de siniestros embozados que aporreaban tambores como si fueran los almorávides que sitiaron al Cid en Valencia, y así adelanté junto a ellos, aterrado por su insistente coloración morada. Y aunque la cosa duró menos, padecí el atormentador Así, la capital de un Estado aconfesional y europeo ha sido demencial y abusivamente ocupada por una sola Iglesia, con permiso y entusiasmo del Ayuntamiento y de la Delegación de Gobierno, que tanto denostaron las manifestaciones contra la guerra de Irak, y les pusieron impedinientos porque ocasionaban molestias a quienes no tomaban parte. Sólo que en ellas participaron cientos de miles, y en las procesiones una minoría tan sólo, una cuasi secta que además exhibe una iconografia de espanto. Hoy, en que tanto se cuidan los católicos de lo que ven en la televisión los niños, los obsequian durante varios días con un incesante espectáculo de terror en vivo: ejércitos de Imaginen que cualquier otra fe pretendiera tomar así nuestras calles, cuatro días enteros. Sólo confio en que tras las inminentes elecciones municipales, nuestros nuevos alcaldes o alcaldesas, del partido que sean, se sepan la Constitución algo mejor que los actuales y pongan freno a este increíble abuso y a la imposición desmedida de estas huestes encapirotadas. Artículo relacionado: El botellón encapuchado |