La emoción de la ley - Fernando Delgado
EL PAÍS - Opinión - 20/12/2005
Cuando en el pasado octubre nos reunimos en la Casa de la Panadería
para celebrar la boda del concejal Pedro Zerolo con Jesús Santos,
la voz de los negros en sus espirituales, sonando allí, hecha himno
y canto de libertad, no fue una gratuita elección de los contrayentes
para emocionar a los que, con la asistencia a su boda, celebrábamos
también un nuevo logro de la lucha por la igualdad. Tampoco la
palabra enérgica, valiente y desgarrada de Luis Cernuda, 50 años
antes, doliéndose del amor marginado, y que rescató aquella
mañana la poeta Ruth Toledano en una brillante plática civil
que también impuso la emoción, fue una casual elección
para el decoro de una ceremonia que honraba a la Constitución Española
porque nos hacía a todos más libres.
Hubo muchos motivos para la emoción en aquel acto, y no fue el
menos importante el amor de los dos contrayentes, expresado en las miradas,
las sonrisas o los besos. Hasta la solemnidad del bedel, impecablemente
uniformado, que anunciaba la presencia de la oficiante, Trinidad Jiménez,
completaba la elegancia de una ceremonia, que por insólita hasta
ahora, convertía en emocionante lo más protocolario. Pero
el propio discurso de la concejal madrileña, sin incidir demasiado
en el logro político y social que significaba aquella boda para
que en la intimidad del acto fuera lo principal la vivencia personal y
sentimental de los contrayentes, dio pie a la emoción de familiares
y amigos. Y pocas veces la fría prosa de un texto jurídico
habrá emocionado tanto como lo consiguió la lectura de los
artículos del Código Civil reformado que le permitían
a la concejal Jiménez dar por casados a Pedro y a Jesús
en nombre del Rey de España.
De principio a fin, palabras, músicas y gestos conformaron una
liturgia humanísima en la que la emoción compartida por
todos tuvo distintas intensidades y en la que el nombre de los que por
diversas razones ya no estaban, algunos porque cayeron en el largo camino
de la lucha de los homosexuales por el reconocimiento de su dignidad,
y otros, familiares queridos, porque la vida nos les alcanzó para
verlo, suscitó la lágrima emocionada. Pero a la salida de
aquel acto, cuando comentábamos sus variados momentos, Boti García
Rodríguez, tantos años presidenta del Colectivo de Lesbianas,
Gays y Transexuales de Madrid y toda una vida dejándose la piel
en los afanes por la igualdad, confesó que a ella lo que más
le había emocionado había sido la lectura de los artículos
del Código Civil reformado. Pareció en principio una graciosa
ocurrencia o una divertida reacción, propia de quien en efecto
es, además de aguerrida, divertida y graciosa.
Pero se trataba de una afirmación muy seria: aquel texto legal
era una victoria de la justicia sobre el fanatismo, una conquista de la
libertad de todos sobre la intolerancia de algunos y, en el caso de Boti,
el logro de un sueño que ha perseguido con todo coraje y no pocos
sacrificios. Gracias a ese sueño de Boti, al empeño político
de Pedro Zerolo, a la lucha de muchos durante mucho tiempo, unas 500 parejas
del mismo sexo han contraído ya matrimonio en España. Ahora,
el sábado pasado, con las variantes que decidieron Boti y su novia,
Beatriz Gimeno, otra decidida activista, la Casa de la Panadería
fue el escenario de su propia boda. Y los gestos, las miradas, las sonrisas,
las palabras, todas distintas, fueron semejantes. También las emociones.
Trinidad Jiménez había dicho en la boda de Zerolo que le
era imposible considerarla una boda más. No lo era, realmente:
tenía un valor simbólico. Lo mismo sucedía ahora
con la de Boti. A pocos días de que el Tribunal Constitucional
negara facultades para resistirse a registrar matrimonios entre personas
del mismo sexo a una juez de Denia que antepuso la misa a su oficio, y
a otros administradores de justicia que se tomaron la justicia por su
diestra mano, y a unos meses de que los obispos se pusieran la sotana
de deporte para sudar en la calle de Madrid al grito de "casados
no queremos a los gays, sino célibes", o que el PP llevara
al Tribunal Constitucional su rechazo cerril a estas bodas, Boti se emocionó
en la suya no sólo con el Código Civil que le permitía
a la republicana Inés Sabanés casarla con Beatriz en nombre
del Rey de España, sino con la complicidad de cuantos por muchas
razones le rodeaban. La razón del amor y la amistad, por supuesto,
pero contó mucho también la razón a la que apeló
Almudena Grandes en la Casa de la Panadería: "La deuda de
todos con dos luchadoras por la libertad".
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